sábado, 18 de abril de 2009

Canciones prohibidas


No importa qué tanto me guste. Más allá de que tenga todos sus discos y sin importar si alguna vez mi noche se alegró con un show de ellos: hay un tema de mi banda favorita que no puedo escuchar.
Sí, así es. Hay un tema que tengo que saltear cada vez que escucho a mi banda favorita. Quizá porque no provoca en mí ni el mínimo sentimiento positivo, o simplemente porque retrae mi memoria a situaciones que no quiero, sinceramente, recordar. Será quizá porque muchos oyentes acuden a su máxima inspiración musical para realizar algún tipo de catarsis amorosa, familiar o social. Y es allí cuando una sencilla canción pierde totalmente su función. Ahí se produce un fenómeno singular, es cuando las letras volcadas en papel cierto día por un artista (o cualquiera que escribe una prosa) traspasan la corteza emocional del fan. Entonces, cual cupón de descuentos, aquel tema pasa a perder total relevancia para nosotros, descendiendo a una categoría aún más profunda que la de una canción olvidada: una canción prohibida.
Nos suele pasar, al dar un paseo por nuestro pequeño museo musical, toparnos con antigüedades artísticas de género musical sin razón alguna abandonadas. Es ahí cuando las nocivas capas de polvo son removidas para sacar a relucir melodías que nos cautivaron en algún momento de nuestra existencia. Y ante una nueva inocente reproducción de tales obras, acude velozmente a nuestro baúl mental de los recuerdos un veloz relámpago que hace encender el foquito de nuestra espontaneidad: hay una canción que nuestro organismo espiritual no soportaría escuchar. No obstante, queda picando una realidad que no podemos ni rechazar ni esquivar: no podríamos vivir sin que nuestras armonías predilectas copen los palcos de nuestro ser. Pero al mismo tiempo llegamos a mutilar la obra artística de nuestras figuras, al restringir la sonoridad de dichas piezas. Una costumbre involuntaria que resulta una constante en nuestros hábitos musicales, aún sin pensarlo.