viernes, 4 de septiembre de 2009

El ocaso del caballerismo (?)


Según científicas de todo el globo terráqueo, la función del caballero y los actos de caballerosidad mismos se han extinguido. Veamos…no avivarse cuándo es el momento indicado para ceder el asiento, no entregar el lugar en la cola para subir al colectivo, expulsarse del subte con apuro sobrepasando cuerpos varios, ¿Qué hombre no ha protagonizado algún episodio semejante? Nuestros pares femeninos han puesto el grito en el cielo hace ya tiempo: no existen más caballeros. Fruto de una burda generalización indiscriminada, tal vez, o simplemente un análisis un tanto “feminocéntrico”, lo cierto es que el manifiesto anteriormente enunciado puede y debe ser objetado. Aquello que jamás ha de ponerse en cuestionamientos poco iluminados, será todo lo que incluya modales y reglas de educación básicas para cualquier humano civilizado.
Situemos el primer escenario en un ámbito laboral común a casi todos. Para empezar: ascensor. Pequeño contingente que desea abordar al elevador, y el varón advierte la presencia de una señorita. En caso de primar el abordaje de su semejante, el hombre puede ser apreciado como un caballero y hasta puede marcar una tendencia que llevará a sus pares a repetir la acción. O en el peor de los casos, nuestro personaje puede, sencillamente, quedar como un idiota. Ubiquémonos en la mente de la mujer. Podríamos apostar a que un 50% de ellas lo tomaría como un buen gesto, y la restante mitad se reiría por dentro, asegurándose algo parecido a un “¡que baboso! Hubiese entrado primero”.
Lo cierto también es que la mujer ha luchado por un rol igualitario ante las condiciones del hombre promedio durante varias décadas. Hoy por hoy, cuándo si no, esto parece ser un hecho. Hasta se podría incitar a los hombres a retrucar el postulado feminoide sobre la escasez de caballeros, diríamos que también se han extinguido las amas de casa. Si bien el hombre se ha mofado de los quehaceres domésticos desde que el mundo gira y da vueltas, nadie debería menoscabar dichas labores. Sin embargo, una cada vez más creciente ola de simpatía pseudo masculina por los hábitos, actitudes y costumbres femeninas ha hecho que señoritos de a montones se hayan animado a calzarse el traje de amos de casa (favor de no incluir aquí síndromes de conducta metrosexual).
Retornando a un desempeño laboral equitativo para ambos géneros, pueden surgir episodios de excesos en la autodefensa femenina. Parece ser que actualmente está mal visto solicitar un favor, o encomendar una tarea mínima a una mujer. Segundo escenario, el cual tranquilamente puede desarrollarse en el entorno hogareño como así en una oficina de las más normales. El agua caliente del termo se ha acabado. Se precisa un esqueleto voluntarioso que no presente impedimentos ni excusas para volver a introducir agua a punto de ebullición dentro del instrumento empleado para conservar la misma a buena temperatura y, de paso, cebar mate. ¿Qué sucedería si un individuo masculino le oferta a otro femenino cumplir con esta encomienda? Organismos respetables de investigación en la materia, han registrado respuestas de tipo de “Estás loco si pensás que voy a ir y, no hay chances. ¿Por qué no levantás el traste de la silla y vas vos solito, querido?”, entre otras. Inentendible, pues.
La guerra de los sexos parece estar muy lejos de un acuerdo bilateral que satisfaga ambas partes. Cualquier expresión del escribiente deberá ser reemplazada en el inconsciente del lector por un arduo ánimo de alcanzar la paz; a no confundirse.

viernes, 3 de julio de 2009

Justicia "divina"


Aunque seamos afectados por la tendencia de priorizar aquellos temas que más podrían afectar nuestras vidas, como las crisis económicas o la amenaza de una nueva pandemia, nunca está de más prestar el oído a cuestiones más bien frívolas, intrascendentes y banales.
Está semana, en un intento de fuga del abundante bombardeo post-elecciones/gripe A, me alimenté de una pelea mediática. Estas batallas tienen la virtud de cautivar nuestra atención inmediata, poniendo a la estupidez al servicio de la realidad. Entonces me familiaricé con la contienda entre Moria Casán y Antonio Gasalla, personajes sumamente conocidos en el ambiente del espectáculo local. Mucho no me importaba cuál había sido el detonante, la cuestión era que existió, en algún momento, un hecho puntual que encendió el polvorín. Las agresiones de un bando al otro no se hicieron esperar, y este pequeño motín a la buena conducta fue ganando terreno en las pantallas. Por momentos pensé que había encontrado el remedio para la tanta tanto terror infundado o paranoia (palabra muy común en estos días).
Puede alegrarnos que la farándula intente serrucharle el piso, en cuanto a importancia, a la crisis económica mundial, el panorama político nacional o el azote de nueva gripe esa. Sin embargo, hay algo más que apreciar. Suena chistoso que una vedette declare ante la prensa frases como “lo dejé en manos de mis abogados” o “voy a llevar esto a los tribunales”, lo cierto es que esto sucede, de verdad. Y más allá de la farsa montada ante las cámaras, este tipo de decisiones inmaduras patean un hormiguero burocrático significativo, como si se tratara de algo realmente necesario. Es insólito pensar que una riña insignificante movilice abogados, fiscales y jueces y los entretenga con semejante labor improductiva, mientras hechos de mayor transcendencia y urgencia son ignorados. Cuánto mejor sería tener ocupado al personal judicial en asuntos más interesantes, como condenar a un asesino o encarcelar a delincuentes, corruptos y estafadores.

sábado, 18 de abril de 2009

Canciones prohibidas


No importa qué tanto me guste. Más allá de que tenga todos sus discos y sin importar si alguna vez mi noche se alegró con un show de ellos: hay un tema de mi banda favorita que no puedo escuchar.
Sí, así es. Hay un tema que tengo que saltear cada vez que escucho a mi banda favorita. Quizá porque no provoca en mí ni el mínimo sentimiento positivo, o simplemente porque retrae mi memoria a situaciones que no quiero, sinceramente, recordar. Será quizá porque muchos oyentes acuden a su máxima inspiración musical para realizar algún tipo de catarsis amorosa, familiar o social. Y es allí cuando una sencilla canción pierde totalmente su función. Ahí se produce un fenómeno singular, es cuando las letras volcadas en papel cierto día por un artista (o cualquiera que escribe una prosa) traspasan la corteza emocional del fan. Entonces, cual cupón de descuentos, aquel tema pasa a perder total relevancia para nosotros, descendiendo a una categoría aún más profunda que la de una canción olvidada: una canción prohibida.
Nos suele pasar, al dar un paseo por nuestro pequeño museo musical, toparnos con antigüedades artísticas de género musical sin razón alguna abandonadas. Es ahí cuando las nocivas capas de polvo son removidas para sacar a relucir melodías que nos cautivaron en algún momento de nuestra existencia. Y ante una nueva inocente reproducción de tales obras, acude velozmente a nuestro baúl mental de los recuerdos un veloz relámpago que hace encender el foquito de nuestra espontaneidad: hay una canción que nuestro organismo espiritual no soportaría escuchar. No obstante, queda picando una realidad que no podemos ni rechazar ni esquivar: no podríamos vivir sin que nuestras armonías predilectas copen los palcos de nuestro ser. Pero al mismo tiempo llegamos a mutilar la obra artística de nuestras figuras, al restringir la sonoridad de dichas piezas. Una costumbre involuntaria que resulta una constante en nuestros hábitos musicales, aún sin pensarlo.

viernes, 27 de febrero de 2009

Trabajo insalubre


Esta noche, ante una arremetida sensación de hambre, me dirijí hacia el quiosko de la vuelta en busca de algún alfajor o dos. Mi primer vistazo del comercio me mostraba a un empleado medio zombie, totalmente desorientado por la dureza de sus actividades, absolutamente encerrado dentro del local. Tal era su estado que a pesar de que el comercio está ubicado en una esquina, tardó unos segundos en notar mi presencia e intentar asistirme en mi compra. Su devolución fue negativa cuando le pregunté por determinada marca de alfajor. Tras el impedimento de complacer mi deseo, giré la cabeza y descubrí una canasta que promocionaba una oferta cuantiosa en otra clase de alfajores. Pero un gran error fue cometido cuando interpreté mal el aviso, y le pregunté al muchacho si el trato eran 3x$2 (generosa propuesta). Seguramente el hastío que le provocaba a este muchacho trabajar en tales condiciones hizo que su respuesta fuese "Sí, eso", mientras sostenía en la mano un celular con su pantalla encendida, muy probablemente esperando que se termine de escribir un mensaje de texto. Mi sorpresa fue cuando se dio cuenta casi torpemente, que la propuesta original era otra: la promoción establecía un 2x$3 como arreglo. Entiéndase bien, no era mi intención extender algún tipo de viveza sobre la compra, se trató de una equivocación involuntaria. Luego de recibir discupas por el malentendido, procedimos al intercambio.

Me retiré de la escena, no pensando en que lo sucedido fue un posible cuadro típico de idiotez, sino antes un reflejo de las pésimas condiciones en las que trabajaba este varón. Quien poco más se encontraba encadenado a una torre de mercadería debiendo soportar las agobiantes y mal pagas horas nocturnas; además de clientes como yo.